Lo más fácil, ante enterarnos de una estafa, es demonizar a quien la efectuó. Sin duda requieren ser perseguidos con todas las herramientas de la ley.
Pero lo realmente difícil (y lo único que te va a permitir sobrevivir en el mercado a largo plazo) es mirarte al espejo e identificar qué hay en vos que te empuja hacia esas propuestas.
Las Sirenas de Odiseo no mataban a los marineros con armas; sólo les cantaban exactamente lo que querían escuchar. En las finanzas, es lo mismo.
Lo difícil es revisar por qué nos sigue atrayendo el cebo: ¿Es codicia? ¿Es la fantasía de ser el único vivo que encontró el atajo? ¿O es la impaciencia por lograr el resultado ya mismo?
Los datos son crueles: usualmente las víctimas de los desfalcos económicos comparten dificultades en controlarse a sí mismos y mayor uso de internet1.
Decía un conocido desarrollador inmobiliario que los estafados por los desarrollos fraudulentos son engarzados por la propuesta de una construcción ridículamente más barata que lo usual.
A la ambición le fascina salirse de la realidad ante el canto de los millones. La sensatez, en cambio, es el mástil al que hay que atarse. Parece más aburrida, pero es la única que se sustenta en la realidad, y la única que sobrevive.
“La credulidad pone en peligro la independencia del ser. El hombre no debe creer, sino saber, pues tan sólo la posesión del conocimiento garantiza la propia libertad y protege la vida contra toda injerencia extraña.”
— González Pecotche
Notas
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Koning, I., et al. (2024). Risk factors for fraud victimization. International Review of Victimology. ↩