¿Qué harías si el hombre más poderoso de la tierra te ofrece concederte cualquier favor?
Uno pensaría en lujos, riquezas, fama o poder.
Alejandro Magno, en su momento, le ofreció concederle un favor a Diógenes, el filósofo indigente que vivía en la plaza, dentro de un barril de cerámica.
Famosamente, este le contestó que por favor se corra porque le estaba tapando el sol.
Ahorrar e invertir para formar un capital propio permite tener opciones, márgenes, holgura.
Cuando no tenemos resto, mes a mes, el pedido del “jefe malo” de trabajar todo el fin de semana parece indiscutible, indeclinable.
Cuando contamos con un par de meses de espalda para sostenernos, aparece ya la idea de negociarlo y buscar un camino intermedio. Tenemos pista: contamos con un “peor escenario” que ya no es una catástrofe: se eleva el piso.
Vivir con un presupuesto al día, sin margen de inversión, impide generar esta pista, tan necesaria para las grandes decisiones.
Puede terminar siendo la diferencia entre:
- Mantenerse en un mal trabajo en vez de afrontar la incertidumbre de la búsqueda.
- No realizar ensayos en emprendimientos y tener que mantener siempre un “bienestar apretado” dentro de un proyecto ajeno.
- Tener que volver a trabajar rápidamente luego de la maternidad/paternidad vs. tomarse tiempos.
- Despedir a un cliente horrible sin que tiemblen los números.
- Tomarse el tiempo para estudiar y formarse con calma y velocidad.
El gran beneficio de tener un capital es convertirse en el financista de la vida que queremos tener: no para generar sólo un rédito económico, sino para recuperar la soberanía sobre las propias decisiones, y finalmente, sobre la propia vida.
La clave de la historia de Diógenes justamente es que no hace falta contar con cuantiosos capitales para sacarse de encima a quienes nos tapan el sol.
El rendimiento de esta pista no es la plata sino la capacidad que tenemos de decirle “no” a la vida que no queremos.